D. Joao II (1ª parte)

1ª Parte, en la que Pedro da Covilhá y Afonso de Payva reciben el encargo de encontrar al Preste Juan, ….y de paso….

Dom Joao II

Corriendo el año de 1487, mandó el Rey D. Joao II llamar a su presencia al escudero Pedro da Covilha , que acababa de llegar de Berbería, y a Afonso de Payva, para, en secreto, encargarles una misión de máxima importancia. Se trataba de nada menos que de partir por la vía del Mediterráneo -otra vía aún no había sido descubierta- para las tierras de Oriente, con el fin de encontrar al célebre Preste Juan, informándose al mismo tiempo de la procedencia de la canela y otras especias, que por entonces venían vía Venecia. La misión era difícil; pero el rey confiaba en el celo de sus escuderos, así como en el acierto y felicidad con el que habían desempeñado otros encargos espinosos. La misión definiría anticipadamente el éxito de las dos premisas necesarias para el control y dominio de la India, el proselitismo y la exploración comercial.

Les hizo partícipes, aunque hay quién duda de ello, de que el objetivo principal no era otro que el de arrebatar a Venecia el monopolio del tráfico comercial con las indias, -lo de llamarlas “orientales” vino años después, ya que por aquél entonces no se había descubierto aún América, quedaba un lustro para ello-. También les hizo saber, y siempre que lo encontraran vivo -evidentemente se refería  a alguno de sus descendientes-, su deseo de disipar los misterios que envolvían al legendario Preste Juan, misterios que durante siglos tuvieron el don de interesar y apasionar a toda la Europa cristiana.

La noticia de la existencia o de la supuesta existencia de aquél célebre personaje era anterior a tres siglos a la misión que ahora mismo confiaba a Pedro da Covilhá y a Afonso de Payva.

El obispo Otho de Freisingen, hermano del emperador Conrado, al que acompañó a Tierra Santa en la segunda cruzada, había escrito en su “Chronicon”, cómo en el año de 1145 se encontró en Roma con un obispo de Gabala que había sido enviado por la Iglesia armenia para ver al Papa Eugenio. El obispo armenio se lamentaba de los peligros que amenazaban a las iglesias de Asia después de la toma de Edessa; y contaba cómo algunos años antes, un tal Iván*,(no confundir con talibán, jajaja), o Juan, que habitando más allá aún de Armenia y de Persia, en el extremo Oriente, y que siguiendo con su pueblo la religión cristiana de la secta nestoriana, había hecho la guerra a unos hermanos llamados samiardos, reyes de Persia y de Media, tomándoles la capital de sus estados, Ecbatana. Después de estas victorias había marchado hacia occidente en socorro de la Iglesia de Jerusalem; pero, al llegar al río Tigris y no hallar el modo de vadearlo, y que su gente comenzara a enfermar y morir, se había visto en el brete de regresar sobre sus pasos. Este Presbítero Juan, que así es como le llamaban, decía ser de la antigua raza de los Reyes Magos, y en memoria de sus antepasados es por lo que venía en auxilio de Tierra Santa.

Tal era, en síntesis, la historia contada por el Obispo de Gabala, y transcrita por el Obispo de Freisingen; y esta historia parece ser la primera, sino la única, que da origen a la leyenda. La narración del Obispo de Gabala tiene todo el aspecto de ser sincera, y de estar asentada sobre hechos reales, cualesquiera que ellos fuesen. Después, al expandirse por la cristiandad, se vio implementada la historia con muchas circunstancias inventadas.

En el año 1165 circularon algunas copias de una carta de aquél Rey-Sacerdote, dando cuenta de la enorme extensión de su imperio a los soberanos de Europa. Venían dirigidas al papa, que entonces era Alejandro III, al emperador de Oriente, Manuel Commenio, al famoso emperador de Occidente Federico Barbarroja, al rey de Francia Luis VII, y también, según decían algunos, al rey de Portugal Afonso Henriques. Refería la carta, que el Presbítero Juan dominaba sobre las tres Indias, sobre setenta reyes tributarios, y sobre varias naciones, entre las cuales se encontraban las diez tribus perdidas de Israel, que Alejandro Magno encerrara en la muralla de Gog y Magog, y muchas otras. Cuando iba a la guerra llevaba diez cruces de oro y pedrería, a cada una de las cuales seguían diez mil hombres a caballo y cien mil hombres a pie. Apuntaba aún la carta muchas otras indicaciones, tan fantásticas como estas, sino más, pero sería largo de enumerar.

La carta, es, evidentemente falsa, y sin duda tendría su origen en Europa;  tal vez un pequeño fraude de los que así pretendían fortalecer el coraje de los cristianos, confirmando con ella la noticia de la existencia de un natural y poderoso aliado. Es cierto, sin embargo, que la carta fue considerada verdadera en aquellos tiempos; la leyenda, así ampliada, pasó de simple y mal fundado boato a realidad probada. Tanto, que algunos años después, en 1177, el mismísimo Papa Alejandro III, aunque ignorara donde se podría encontrar aquél misterioso personaje, parece haberle enviado una carta así dirigida: “Charissimo in Christo filio, illustrati et magnifico indorum regi, sacerdotum sanctissimo”, jajaja, que supongo devolverían al remitente al desconocerse la dirección del destinatario. Y es que, en verdad, era el momento propicio para que la leyenda enraizase en el atribulado ánimo de los cristianos.

En aquéllos sombríos periodos de la edad media, Europa se hallaba encerrada en un círculo de hierro y fuego. Al norte, la Rusia o Moscovia, aún desintegrada y en vías de formación; la larga frontera asiática estaba abierta a las habituales correrías de los tártaros. Se puede decir, que esa frontera no existía, tan vagos e indefinidos eran los límites de aquellos nuevos y semi-bárbaros estados europeos. Y en la enorme planicie de Asia, pululaban, y se agitaban las salvajes hordas de los tártaros y de los mogoles, que después penetrarían hasta el mismo centro de Polonia y hasta los confines de Germania, amenazando así a toda la cristiandad occidental. Al sureste, el Imperio de Oriente, enflaquecido y gobernado en su mayor parte por príncipes incapaces y empecinados en la observancia de etiquetas obsoletas, absortos en la contemplación retrospectiva de pasadas glorias, resistían como podían el naciente y creciente poderío de los otomanos. Día a día, las viejas ciudades, históricamente y tradicionalmente cristianas, Edessa, Nicea, y hasta la propia Jerusalem, iban cayendo bajo el dominio de los infieles. Por el sur, en el litoral africano, el Egipto de San Clemente de Alejandría y de Horígenes, en aquella África de San Agustín, tan intensamente cristiana en los albores de la Iglesia había sido barrida, desde el Nilo hasta el Atlántico, por el tsunami de la conquista musulmana. Las propias aguas del Mediterráneo eran más musulmanas que cristianas. Los árabes habían puesto el pie en Sicilia, Cerdeña, en las Baleares; y aún siendo de allí expulsados, continuaba sin haber seguridad ni en el mar ni en la tierra. Las velas moriscas, las ligeras embarcaciones de los piratas de Berberia, las galeras egipcias, -donde entre la chusma remaban encadenados los cautivos cristianos-, venían repetidamente asaltando las costas de Francia e Italia. En occidente, los reyes de España se animaban y comenzaban a salir de su atrincheramiento en las serranías de Asturias y León; en cuanto el nuevo rey de Portugal, recogido en sus tierras al norte del Mondego, se preparaba a ir a conquistar palmo a palmo sus futuras posesiones. La mayoría de la península era musulmana, toda la fértil Andalucía, todo el Algarve, todo el Alentejo, toda Extremadura.

Así estaba Europa, de norte a sur y de este a oeste; rodeada en un círculo de enemigos. Y no tenía la Iglesia la posibilidad de usar el mismo recurso que tan buenos resultados le había dado siglos atrás con otros invasores; esto es…convertirlos. No se trataba esta vez de francos o de godos, ingenuamente bárbaros, que tenían rudimentos de un paganismo mal definido y se mostraban dispuestos a aceptar la doctrina cristiana y recibir las aguas del bautismo con la misma pasividad con la que los recién nacidos lo aceptan hoy, -y a los que nadie defiende, por cierto- . Los nuevos enemigos pertenecían a una nueva religión, profundamente arraigada, intransigente, intolerante, animada de un espíritu violento y con el proselitismo aún más exacerbado. No cabía la posibilidad de persuadirlos o convertirlos, solo restaba combatir por la fe o aceptar el Islam. Y la fe era el único vínculo de la Europa feudal.

Fue entonces cuando la religión se convirtió forzosamente en militante, en la más estricta acepción de la palabra. La Cruz, símbolo de redención y de paz, se convirtió obligatoriamente en un pendón de guerra.

Del angustioso e insufrible cerco al que estaban sometidos, habían nacido, en parte, las cruzadas. Las cruzadas no fueron simplemente una explosión de fe, una violenta y dolorosa desazón que asaltó a la cristiandad al ver en la mano de los infieles el Santo Sepulcro de Cristo; obedecía más bien a la necesidad estratégica de desviar el combate a terreno enemigo, como una salida para la Europa asediada. Si es cierto que el espíritu de cruzada tendía más a la liberación de los Santos Lugares que al simple hecho de combatir al Islam allí donde se encontrase, como lo demuestra el hecho de que la gran mayoría de cruzados se embarcasen para Tierra Santa, y que pocos atravesaran los Pirineos. Los que lo hicieron se encontraron con la prohibición de los reyes peninsulares de dar muerte a los musulmanes que se rendían o que eran hechos prisioneros, aunque los “frany”, como llamaban los moros a los cruzados franceses, perpetraron mutitud de masacres, no respetando ningún pacto, hasta que fueron obligados a volverse, ya que no sabían respetar las leyes de “frontera”. Jaime I el conquistador, más adelante,  los llegó a calificar de “inútiles”.   Es entonces, maso, al tiempo de la  coalición anti-almorávide de 1087 en la península, cuando vinieron a surgir las órdenes de caballería y la Primera Cruzada, la del Papa Urbano II; los escuadrones de frailes guerreros, vestidos de hierro sobre sus caballos de batalla, llevando por divisa la cruz blanca del Hospital, la cruz roja del Temple, o la cruz negra teutónica, entonando como marcha de guerra el salmo: “Quare fremuerant gentes….” Llevaban la Cruz cosida en el pecho cuando iban, y en la espalda cuando regresaban. Marcharon a la defensa de los efímeros reinos cristianos creados por las Cruzadas en Siria y en Palestina. Y cuando fueron expulsados de allí se replegaron hacia las avanzadas de la cristiandad, fortificándose en las islas del Mediterráneo, Chipre, Rodas y más tarde, Malta.

Más veces tendré que referirme forzosamente al Preste Juan, ya que en ningún momento de la azarosa vida de los escuderos Covilhá y Payva, este llegó a perder importancia. Sin embargo intentaré no divagar demasiado y ceñirme más a lo que fue el más fabuloso plan geo-estratégico diseñado por mente alguna en la historia de la humanidad. Me refiero a la expansión portuguesa, orquestada en todas sus facetas por su rey, Dom Joao, y que convirtió a Portugal en el reino más rico y próspero de lo que hoy llamaríamos occidente.

a ver si lo configuré bien y se puede comentar, que por lo visto no se podía